Culpabilidad
Solucionemos la Delincuencia
Precisamente en días de campaña es cuando la política criminal es manoseada por los candidatos a la presidencia, sobretodo aumentado por el alarmismo producido en la sociedad por la cada vez más profunda llegada del periodismo sensacionalista manipulado por sectores económicos, que busca extirpar todo lo malo a sus ojos. Así es como la palabra “culpabilidad” debe lindar con respuestas de represión al inculpado a toda costa, justificada en la “sensibilidad” de nuestra gente. Ante tales soluciones cuestionablemente efectivas y el unilateral acecho de Paz Ciudadana como ente de producción de estadísticas criminales basadas en la observación de una determinada carga ideológica, se vuelven una minoría incomprendida los que levantan la voz disidente en materia de criminología.En una sociedad marcada por la desigualdad, se acentúa la brecha de que existen “personas más libres que otras”. La supuesta libertad igualitaria queda aminorada por el poderoso efecto de los recursos y el poder. De esta manera la juventud y otras minorías postergadas, ya sea desde la oportunidad de acceso a una educación de calidad, cuando la escasez de recursos económicos complique la subsistencia o por una incesante discriminación, ven en esta sociedad una escasa posibilidad de surgir. Si bien gran parte de la sociedad comparte este diagnóstico de desigualdad, paradójicamente a quienes más exigimos una conducta irreprochable es a aquellos sectores más lejanos al poder, quienes tienen menos posibilidades de autodeterminarse, o sea quienes han sido más vulnerables por la carencia de oportunidades y les resulta no imposible, pero si mucho más difícil, mejorar su condición social.
Zaffaroni acertadamente relaciona la culpabilidad al espectro de la vulnerabilidad en la escala social, revelando que los cánones que rigen la criminalización de un individuo en la sociedad están muy ligados a la cercanía o lejanía que estos tengan con el poder. Como manifiesta el profesor Miguel Soto en una entrevista: “El sistema penal sirve para ratificar en su forma más radical las relaciones de poder existentes en la sociedad”, la constante avalancha periodística y de datos estadísticos respecto de la delincuencia “tradicional”, cumple un efecto amplificador a oídos de la sociedad aumentando el estigma que recae en los inculpados, provocando una alarma respecto de la delincuencia que de una u otra forma hay que erradicar. Este fenómeno viene a confirmar el efecto del poder en la criminalización, no debemos olvidar que los medios de comunicación están repartidos en unos pocos conglomerados de similar contenido ideológico, y que el manejo de las comunicaciones es en la actualidad una de las grandes formas de detentar el poder. No es de extrañar por ejemplo la contundente carga de secciones basadas en la delincuencia en programas como Morandé con Compañía. De esto no se salva ni Televisión Nacional de Chile y el diario La Nación, medios que también se han convertido en serviles a las políticas que impulsa el gobierno, funcionen o no.
Basándose en datos como los entregados por aquellos medios y el efecto que ellos tienen en la “sensibilidad de la sociedad”, se han justificado intromisiones en campus universitarios, operativos en poblaciones, que notablemente han afectado derechos personales como la privacidad. Sólo son una desaforada búsqueda de gente haciendo algo malo en el momento, para solazar a los medios con notas atractivas para el que se desayuna con las noticias y para que la oposición que está más a la derecha deje de molestar por algunos días. Pero después de eso qué, ciertamente la mayor cantidad de personas en recintos carcelarios no ha disminuido en lo más mínimo el problema de la delincuencia. Por lo tanto la “mano dura” y tantos otros conceptos represores de la delincuencia no son efectivos, son simplemente parches con un alto costo social.
Diametralmente opuesta es la criminalización para quienes están más cerca del poder, salvo contadas excepciones, ellos tienen la posibilidad de manejar la culpabilidad, dar una imagen en los medios distinta a situaciones idénticas por el sólo hecho de ocurrir en comunas distintas, donde los modus operandi de las fuerzas de orden no son los mismos en todos lados, sólo imaginémonos un operativo rastrillo en Santa María de Manquehue, impensable. No catalogamos de la misma manera al delincuente economico, el que evade impuestos, quien muchas veces termina siendo un verdadero aumentador de la brecha al negar al Estado recursos que se utilizan en salud por ejemplo. Entre aplausos sale Yuraszeck de sus empresas y tiene la posibilidad de repactar como se le acomode la multa.
Así es como nuestros culpables en la actualidad son los que los quienes detentan el poder quieren.
La postura de Zaffaroni abarca la brecha producida por el poder, aunque a veces pareciera que no sólo es eso lo que configura los pilares donde culturalmente basamos la criminalización, como puede ser la raza y la religión. Creo que si bien se puede abrir otro espectro de condiciones que per se han marcado brechas de desigualdad, ellas se intersectan con el poder en algún punto. Como por ejemplo la supremacía de la Iglesia Católica en el debate del divorcio por sobre la opinión de otras confesiones.
En definitiva queda hecha una invitación a no hacernos tanto cargo de las rimbombantes estadísticas y las noticias policiales, como sí debemos centrarnos en como superar las brechas discriminatorias y de desigualdad. En el corto plazo si en vez de rastrillar una población, se concentraran los esfuerzo en quien se encuentra en el barrio alto y nutre al microtráfico se daría un paso en la dirección correcta porque nos haríamos cargo de la mutabilidad del ser humano, de las diferencias. Todo esto sumado a un rol activo del Estado a largo plazo, como por ejemplo en una política educacional que no acentúe tales diferencias sería un gran aporte a mediano plazo para la integración social, que acabe con la discriminación de las minorías y de los sectores de escasos recursos, y que se acorte la brecha de oportunidades.
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